Las islas de la discordia en Asia

CLAUDIA FONSECA SOSA

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Una nueva tormenta se forma en Asia. Los gigantes China y Japón enfrentan sus narices por un grupo de islas y arrecifes deshabitados en aguas compartidas, un conflicto que tiene décadas de existencia, pero que en las últimas semanas ha desatado una alarmante demostración de fuerza entre ambas naciones asiáticas.


El supuesto detonante de este diferendo territorial, que ha estado en los medios de prensa en repetidas ocasiones este año, fue la reciente declaración por parte de Beijing de una Zona de Identificación Aérea (ADIZ, por sus siglas en inglés) que cubre una extensa área del Mar de China Oriental —muy cerca de Corea de Sur y Japón—, así como a las islas en disputa Senkaku/Diaoyu (según el país que las reclama como suyas).

“Las Fuerzas Armadas chinas adoptarán medidas defensivas de emergencia para responder a aeronaves que no cooperen en su identificación o se rehúsen a seguir las instrucciones”, dice la declaración emitida por el ministerio chino de Relaciones Exteriores.

Según un portavoz de Defensa, Yang Yujun, China estableció el área “con el objetivo de salvaguardar la soberanía estatal, la seguridad territorial en tierra y aire y mantener el orden en los vuelos”.

La ADIZ “no está dirigida contra algún país o blanco específico” ni “afectará  los vuelos normales de las aerolíneas internacionales”, añadió Yang, esclareciendo que su país “siempre ha respetado la libertad del sobrevuelo tal como lo establece la ley internacional”.

Sin embargo, la respuesta japonesa no se hizo esperar. El director de la oficina de Asuntos de Asia y Oceanía del ministerio de Relaciones Exteriores, Junichi Ihara, protestó vía telefónica a la embajada china en Tokio. “Japón nunca aceptará la zona establecida por China”, dijo.

Como consecuencia, las Fuerzas de Autodefensa japonesas han continuado realizando maniobras con aviones militares en el área comprendida por las islas Senkaku/Diaoyu, en un pulseo creciente. Corea de Sur y Estados Unidos con los B-52 que mantiene como ave de rapiña en su base militar en Guam, también han sobrevolado la ADIZ.

El secretario de Defensa norteamericano, Chuck Hagel, ha descrito la actitud de China como “un intento de desestabilización para alterar el status quo en la región”. Hacer de todo para intensificar las tensiones regionales y que China quede como la mala de la película es el nuevo deporte de Washington en su llamado pivote hacia Asia.

China ha respondido enviando sus propias aeronaves, “como medida defensiva y en línea con prácticas comunes internacionales”, según el vocero de la Fuerza Aérea, coronel Shen Jinke.

¿QUÉ SE ESCONDE BAJO LAS ISLAS?

A finales del 2012, el Gobierno japonés compró a un particular las islas que denomina Senkaku. Esta acción desató protestas masivas en China y las relaciones bilaterales se deterioraron en todos los niveles, incluido el comercial. Desde entonces las acciones y reacciones de un lado y el otro no han cesado.

Las Senkaku/Diaoyu no son solo rocas deshabitadas en el medio de la nada. Bajo el agua que bañan sus costas existen importantes yacimientos de minerales raros y de gas natural. Si bien cada país tiene sus motivos históricos para reclamarlas, ninguno está dispuesto a dar su brazo a torcer.

De acuerdo con analistas, las tensiones sobre el Mar Oriental de China han resurgido periódicamente desde el 2000, en la medida en que Beijing ha aumentado su poderío marítimo, pero desde la nacionalización de las islas por parte de Tokio en septiembre del 2012, la disputa ha cobrado un carácter decisivamente más preocupante.

La política del primer ministro nipón, Shinzo Abe, que defiende el concepto nacionalista de “renacimiento” del país, refleja una mayor reticencia de Japón a lo que perciben como “intrusiones chinas” en su territorio.

Por otra parte, los chinos no olvidan la guerra con el Japón imperial. Muchos políticos japoneses se niegan a reconocer las atrocidades cometidas durante la guerra (1931-1945).

En cuanto a Estados Unidos, no es muy probable que meta las manos hasta el fondo en el asunto. Una cosa es molestar a China y deteriorar su imagen regional, y otra enfrentarse militarmente a ella. En este momento su relación de interdependencia pesa más que el Tratado de Seguridad con Japón.

La disputa, más allá de los supuestos intereses económicos, sienta sus bases fundamentalmente en el orgullo nacional. Ni China ni Japón querrán bajar la cabeza. Esperemos que los pronósticos catastrofistas de quienes ven una guerra en Asia en un futuro no muy lejano no se cumplan.

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