Derecho a vivir

niños soldado

El Día Internacional contra el Uso de Niños Soldados se celebra cada 12 de febrero desde 1998, como llamado de conciencia sobre los menores que son utilizados para alimentar los conflictos bélicos en todo el mundo

Claudia Fonseca Sosa

No importa el origen del conflicto armado, ya sea religioso, económico o político. El reclutamiento de niños soldados es un rasgo común entre los grupos rebeldes y las milicias progubernamentales que se baten actualmente en la República Centroafricana y en Sudán del Sur.

Unos 300 mil niños y niñas intervienen directamente en las guerras.
Foto: Unicef

Así lo denuncian organizaciones internacionales como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y Amnistía Internacional, al alertar que a estos pequeños muchas veces se les imponen las tareas más peligrosas de una guerra, como señuelos, espías, carga y traslado de bombas. A las niñas las utilizan en tareas domésticas de los campamentos e, incluso, como esclavas sexuales.

Es una triste realidad. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), hoy existen 300 mil menores de edad que intervienen directamente en las guerras. La mayoría de ellos en países de África y Asia.

Según esta agencia de la ONU, algunos son víctimas de secuestros y otros se ven obligados a participar en los conflictos debido a la pobreza, el abuso y la discriminación.

“En la guerra el alma se te cierra y no sientes emociones, es como un mecanismo de defensa, porque si no te morirías de ver tanto horror”, relata Ishmael Beah, un ex niño soldado de Sierra Leona (1991-2002) que con solo trece años se vio envuelto en un conflicto que le arrebató la familia y la niñez.

En enero de 1993 la guerra sorprendió a Ishmael cuando regresaba a su pueblo junto a un grupo de amigos, luego de participar en un concurso de hip-hop que se celebraba en Mattru Jong, un pequeño asentamiento situado a unos 25 kilómetros del suyo. Ya nunca pudieron volver a casa. Los violentos enfrentamientos en los que inesperadamente se vieron involucrados, empujaron a estos jóvenes a vagar sin rumbo por un país convertido en una espiral de violencia sin sentido.

Luego de huir desesperadamente por varios meses, Ishmael y sus compañeros llegaron a un campamento militar en busca de ayuda. Pero en lugar de una cama y comida, les dieron balas y un fusil.

“Cuando llegamos a la base pensamos que nos íbamos a sentir seguros, pero resultó ser falso, se convirtió en una pesadilla. Tras un periodo de adiestramiento de solo una semana empezamos a participar activamente en la guerra. La única opción que teníamos era entrar en el ejército y combatir o dejar que nos persiguieran y mataran”, cuenta quien hoy se desempeña como embajador de buena voluntad de Unicef, en su libro Un largo camino.

Dice que el ejército se convirtió entonces en su única familia. “Pero para ser parte de la familia tienes que hacer lo que te dicen, manifestar tu lealtad al grupo. Por eso, si te piden que mates, has de matar, y la violencia se convierte en tu forma de vida”.

“Al principio cuando matas a una persona te horrorizas, pero con el tiempo te acostumbras”, confiesa Ishmael en el estremecedor relato del infierno que vivió y que, como él, aún sufren miles de menores en todo el mundo.

Y es que hay más posibilidades de que los niños y las niñas se conviertan en soldados si están separados de sus familias, desplazados de sus hogares, viven en zonas de combate o tienen un acceso limitado a la educación. En algunas ocasiones, puede que se unan a los grupos armados porque es la única manera que tienen de obtener un alimento diario y garantizar su supervivencia, afirma la ONU.

Organizaciones humanitarias reconocen que poner fin a esta despreciable práctica puede ser extremadamente difícil. Los conflictos modernos se caracterizan por un derrumbe de las instituciones gubernamentales, lo cual dificulta la identificación de los grupos que reclutan y utilizan a los menores de edad como soldados.

Pocas veces los autores de estos crímenes son juzgados por la justicia. El caso más reciente tuvo lugar en julio del 2012, cuando la Corte Penal Internacional sentenció a 14 años de cárcel a Thomas Lubanga, un antiguo “señor de la guerracongoleño que había reclutado entre el 2002 y el 2003 a decenas de pequeños.

Desde mediados de la década del ochenta, Unicef ha desempeñado una función fundamental en la desmovilización de niños y niñas que pertenecían a grupos combatientes en Afganistán, Burundi, Colombia, Guinea-Bissau, Liberia, Mozambique, la República Democrática del Congo, Rwanda, Sierra Leona, Somalia, Sri Lanka, Sudán y Uganda. Sin embargo, aún queda mucho por hacer.

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