Mirada a América Latina y los modelos de desarrollo progresistas

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Claudia Fonseca Sosa

Con el cambio de siglo, emerge en América Latina una nueva “ola de izquierda” que pone en evidencia el fracaso de los regímenes neoliberales que dominaron el continente durante los años ´80 y ´90.

En la raíz del fenómeno encontramos el rechazo de las masas latinoamericanas a la degradación de sus condiciones de existencia individual y colectiva, la continuidad y profundización de la crisis mundial del capitalismo, así como la relativa pérdida de influencia de los Estados Unidos en la región —sobre todo tras la elección presidencial de Hugo Chávez en 1998.

La imposición de la llamada reforma neoliberal en América Latina buscaba promover la máxima extracción posible de riquezas por parte de los monopolios transnacionales, con un flujo nulo o exiguo de inversiones productivas.

Pero por ser precisamente esta la zona del planeta donde impera el peor índice de distribución social de riqueza, las recetas neoliberales solo lograron intensificar y ampliar las contradicciones políticas, económicas y sociales esenciales del capitalismo.

Todo esto constituyó un poderoso incentivo para los movimientos sociales y abrió espacios para la elección de gobiernos denominados alternativos.

Surgían también las teorizaciones sobre el llamado Socialismo del Siglo XXI, un modelo cuyos defensores aseguran se basa en una ruptura radical tanto con el neoliberalismo de libre mercado de los gobiernos precedentes, como con la versión estatista del socialismo, encarnada sobre todo por la antigua Unión Soviética.

¿Qué elementos nos permiten caracterizar a los gobiernos de izquierda y progresistas con que cuenta hoy América Latina?

De acuerdo con Roberto Regalado, en La izquierda latinoamericana en el gobierno. ¿Alternativa o reciclaje?, los denominados gobiernos de izquierda y progresistas electos en América Latina desde finales de la década del ´90, son en realidad gobiernos de coalición en los que participan fuerzas políticas de izquierda, centroizquierda, centro e, incluso, de centroderecha. En algunos, la izquierda es el elemento aglutinador de la coalición, y en otros, ocupa una posición secundaria.

Cada uno tiene características peculiares, pero es posible ubicar a los más emblemáticos en dos grupos: 1) gobiernos electos por el quiebre o debilitamiento extremo de la institucionalidad democrático neoliberal, como ocurrió en Venezuela, Bolivia y Ecuador; y, 2) gobiernos electos por acumulación política y adaptación a la gobernabilidad democrática, definición aplicable a Brasil y Uruguay.

Además, están los casos singulares de Nicaragua, El Salvador, Argentina y Paraguay.

Agrupamientos similares hizo Claudio Katz en La crisis y América Latina, al hablar de gobiernos centroizquierdistas en Argentina, Brasil y Uruguay, y de gobiernos nacionalistas en Venezuela, Bolivia y Ecuador.

Siguiendo esa lógica, los gobiernos centroizquierdistas serían aquellos que mantienen una relación “ambigua” con el imperialismo, defienden los intereses generales de los capitalistas y toleran las conquistas democráticas, pero obstaculizan las reivindicaciones populares. Mientras, los gobiernos nacionalistas, promueven un curso económico más estatista, mantienen fuertes conflictos con EE.UU., chocan con la burguesía criolla, y llevan a la práctica un proyecto que oscila entre el neodesarrollismo y la redistribución progresiva del ingreso.

Amén de estas definiciones, no cabe duda alguna que la elección y la subsiguiente reelección de los presidentes Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador son resultado de la crisis de la institucionalidad democrático liberal que afecta a esas naciones, así como del paradigma de desarrollo económico basado en la extracción de recursos naturales, algo que todos están intentando cambiar. Esta afirmación se aplica también al gobierno de continuidad de Nicolás Maduro en Venezuela.

El éxito de Chávez, Morales y Correa ha estado determinado por sus dotes de líderes y la capacidad de aglutinar a los movimientos populares, indígenas y ciudadanos, respectivamente. Los tres gobiernos han logrado satisfacer importantes demandas de los sectores mayoritarios, históricamente más vulnerables.

Venezuela, Bolivia y Ecuador son países productores de hidrocarburos y esta característica ha permitido a los gobiernos sustentar sus políticas de desarrollo económico y social desde la óptica del llamado Socialismo del Siglo XXI, el Vivir Bien o el Buen Vivir.

Por otra parte, los tres se han caracterizado por defender los intereses nacionales en cuanto al manejo de recursos energéticos como el petróleo, el gas y el agua.

En consecuencia, estos gobiernos tienen también en común el hecho de estar constantemente expuestos a las campañas de desestabilización promovidas desde EE.UU. y la derecha reaccionaria, que pasan por los intentos de golpes de Estado, por la subversión interna, por la incitación a la violencia sectaria y por otros métodos de guerra no convencionales.

En el caso de los gobiernos de Brasil —Luiz Inácio Lula Da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (2011-actualidad)— y Uruguay —Tabaré Vázquez (2005-2010) y Pepe Mujica (2010-actualidad)—, llegan al poder luego de atravesar por un largo periodo de acumulación de experiencia política, que incluyó varias derrotas electorales para el Partido de los Trabajadores y el Frente Amplio, respectivamente.

En ninguno de los dos países había una crisis propiamente dicha en el momento de la elección, por lo que las campañas electorales se basaron en que, al ser partidos con fuerte arraigo popular, podían evitar el estallido de una crisis política, mantener el neoliberalismo atenuado, y neutralizar las demandas del movimiento social.

Con otras palabras, en Brasil y Uruguay hay una mayor adaptación a las reglas del juego de la gobernabilidad democrática, que en Venezuela, Bolivia y Ecuador.

No obstante, el modelo brasileño se ha legitimado con sustanciales logros en históricas demandas populares. Rousseff se propuso terminar con la pobreza extrema al final de su mandato a través del programa Brasil Sin Miseria y ya más de dos millones de personas han superado esa condición.

En otro orden, destacan las dos elecciones consecutivas de Daniel Ortega a la presidencia de Nicaragua, en 2006 y 2011. Como candidato de la coalición Unida Nicaragua Triunfa, el secretario general del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) retornó a la presidencia casi 17 años después de que fuera desplazado de ella en las elecciones de 1990. Desde entonces, su aceptación popular no ha hecho más que aumentar.

No menos importante son los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner . Ante la ausencia de una organización de izquierda que pudiera capitalizar los efectos de la crisis económica, política y social en Argentina, fue una fuerza política tradicional y peronista, el Partido Justicialista (PJ), el que aportó de su seno a dos personalidades progresistas como Néstor y Cristina.

Este matrimonio logró satisfacer demandas políticas y sociales —no tanto las económicas— de la izquierda y el movimiento popular, con lo cual fueron sumando simpatizantes a su coalición.

Con la repentina muerte de Néstor a finales de 2010, Cristina quedó como la única cabeza reconocida de esa corriente, como lo demostró luego en su arrolladora victoria en los comicios generales de 2011.

En el año 2009, también fue electo como presidente del Paraguay Fernando Lugo, en representación de una alianza que abarcó desde los movimientos sociales y políticos de izquierda hasta las fuerzas de la derecha opositora del Partido Colorado. Esta atípica formación fue uno de los elementos que debilitaron su mandato y abrieron el camino al golpe de Estado de 2012. Es además, un ejemplo de la diferencia que existe entre llegar al gobierno y realmente tener el poder.

Las recientes elecciones en El Salvador han tenido una gran importancia para la izquierda latinoamericana y caribeña. La victoria del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) obtenida en los comicios presidenciales, con la fórmula de Salvador Sánchez y Oscar Ortiz, constituye la garantía para el pueblo salvadoreño de la continuidad de las políticas de inclusión y justicia social y la construcción de un país próspero, justo y democrático.

Actualmente, hay avances sin precedentes de la izquierda en Costa Rica y Honduras. Otro tanto sucede en Chile, donde Michelle Bachelet ha asumido firmes compromisos con los cambios sociales demandados por amplios sectores populares.

Por otra parte, crece el consenso regional sobre la necesidad de fortalecer la integración como alternativa a la contraofensiva del imperialismo estadounidense y las derechas regionales.

La II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), celebrada en enero de 2014 en La Habana, demostró cuanto se ha logrado articular el balance de fuerzas progresistas y neoliberales en un contexto regional, que empuja a la necesidad de la unión para enfrentar retos globales.

LA MANO DEL ENEMIGO
Mientras estos nuevos aires mueven a América Latina, EE.UU. —en complicidad con las fuerzas oligárquicas locales y, en algunos casos, las militares ligadas a la Escuela de las Américas— ha venido desarrollando una amplia gama de instrumentos subversivos, dirigidos contra los gobiernos que en su opinión constituyen un obstáculo o afectan sus intereses.

Actualmente está en curso lo que puede denominarse como opción intermedia, donde determinadas prácticas de influencia política de mediano plazo se combinan con una mayor radicalidad en las acciones desestabilizadoras, que procuran el llamado “cambio de régimen” mediante revueltas “populares” que podrían desencadenar una guerra civil.

El fin último de estas acciones es generar las condiciones políticas mínimas que garanticen los intereses trasnacionales y geopolíticos. Y se trata por todos los medios de que la mano de EE.UU. quede oculta.

El método más común es el siguiente. Primero se organizan campañas mediáticas de cuestionamientos u oposición a los gobiernos considerados “indeseados”, que enseguida provocan manifestaciones en las calles con base en los temas levantados en la campaña. Los manifestantes frecuentemente son infiltrados por elementos entrenados desde el extranjero para generar algún nivel de violencia que despierte la reacción dura de los gobiernos y así provocar aún mayor tensión. Seguidamente, los mismos medios buscan transformar la minoría en las calles en una mayoría, y de esa a forma justificar una intervención de las instituciones más conservadoras —como el poder judicial o de los parlamentos— para destituir gobernantes legítimos.

Fue lo que asistimos con algunas variantes en Honduras y Paraguay.
En Venezuela, mientras tanto, se está desarrollando una guerra abierta por los canales no convencionales. O lo que el propio presidente Nicolás Maduro ha calificado de “golpe suave”.

Para una mayor comprensión enumeramos a continuación cuáles son algunos de los conceptos e instrumentos manejados por EE.UU.:

  • Se estudian las vulnerabilidades concretas de cada país, identificándose aspectos que por razones históricas, étnicas o religiosas contribuyen a la polarización de la población. Acto seguido, se etiqueta al gobierno como fomentador de dicha polarización.

  • Se implementa un patrón desestabilizador ya ensayado y probado en otros países, que puede incluir guerra económica, sanciones internacionales y embargos, sabotajes a la infraestructura económica y de servicios, todo dirigido a provocar una crisis. Asimismo, se crea una matriz de opinión sobre la “creciente” impopularidad de las autoridades.

  • Se realiza un activo despliegue de los servicios especiales norteamericanos y euro occidentales (con el uso intensivo de ONG ya establecidas), convirtiendo sobre todo a las embajadas norteamericanas en virtuales centros de comando. Se prioriza la identificación y preparación de “líderes naturales” que contribuyan a organizar una “tropa de choque”, generalmente reclutada en el sector estudiantil y otros de clase media, culturalmente influidas por los valores norteamericanos o con formación educacional en ese país.

  • Se lleva a cabo un organizado despliegue mediático nacional e internacional, que elabora un relato casi idéntico, mintiendo o exagerando las contradicciones sociales, las dificultades y las supuestas o ciertas falencias de los gobiernos, apelándose a códigos o etiquetas pre establecidas según los casos.

  • Se aprovecha cualquier episodio, por ejemplo “dudosos” resultados electorales, para desatar protestas cuyo fin es generar el caos, contribuir al malestar social y al rechazo generalizado de las autoridades.

  • Como complemento, se implementa la denominada diplomacia pública por parte del Departamento de Estado y otras cancillerías occidentales que intenta aislar al país, buscándose el aval de organismos regionales o internacionales.

  • El apoyo a la “sublevación popular” según el caso, incluye el empleo de mercenarios (por ejemplo, paramilitares colombianos en Venezuela) así como la aplicación de la llamada directiva TC 18-01 del Pentágono (“La guerra no convencional”) que procura crear las condiciones para una eventual invasión militar en caso ser necesario.

Por otra parte, se intenta sabotear los procesos de integración regional. Actualmente se enfrentan dos modelos. Uno es basado en los intereses regionales autónomos y tiene entre sus símbolos la Celac, la Unasur, el Mercosur y el ALBA. Otro es subordinado a los intereses externos a la región y tiene como sus símbolos el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), los TLCs y, ahora, la denominada Alianza del Pacífico.

Este último proyecto busca ser un sistema de integración latinoamericana como contrapeso al Mercosur, actualmente el bloque económicamente más poderoso y mejor integrado de la región. Asimismo, es la apuesta norteamericana para minar la evolución de la Celac y la Unasur.

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2 respuestas a Mirada a América Latina y los modelos de desarrollo progresistas

  1. Bastante completo y claro el analysis sobre el progresismo en A.L y las amenazas que se ciernen desde el norte con la complicidad interna. Debemos luchar-

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  2. Paula dijo:

    Muy bueno todo lo que detallan en el artículo sobre las distintas situaciones que se van dando y pasan en la actualidad y que influyen en ella, yo vengo estando interesada un poco en conocer acerca de la problemática en América del Sur y por eso encontré lo siguiente http://jorgeguldenzoph.com/america-latina/la-crisis-en-bolivia-y-america-latina/ que me interesó sobre el tema, también hay más artículos para leer y conocer de Jorge Guldenzoph que explican la situación.

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