La tragedia de las migraciones masivas en Asia

migracion1 migracion

Artículo publicado originalmente con el título “Encrucijadas de una crisis migratoria”, escrito por el corresponsal de Prensa Latina en Hanoi y profesor de periodismo, Hugo Rius.

HANOI (PL).—Hace tiempo que en todas sus cumbres la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) viene poniendo acento en incluir la trata humana dentro de los que califica como principales desafíos no tradicionales en el presente y para el futuro.

Pero un fenómeno semejante, muchas veces expuestos en foros y estadísticas, tal vez nunca antes logró tanta visibilidad mundial que con los recientes arribos de unos tres mil migrantes a costas de países de la región, mientras otros estimados en dos mil permanecen varados en el mar, abandonados en embarcaciones por traficantes.

Lo que sucede en esta parte del planeta, al igual que en el Mediterráneo euroafricano, o en las fronteras terrestres meridional y marítima de Estados Unidos, tienen entre sus denominadores comunes escapar de la pobreza global y la violencia de los conflictos internos.

Siguiendo ese hilo conductor, la actual crisis migratoria en el sudeste asiático se origina en dos fuentes: Bangladesh, uno de los países más pobres y vulnerables del mundo, y en el vecino Myanmar, donde una minoritaria población musulmana conocida como rohingya sufre además discriminación y persecución.

La desesperación por encontrar otros horizontes de vida hace que continuamente familias enteras de ambos grupos humanos se arriesguen a emprender azarosas travesías por mar rumbo a otros países, de lo que se aprovechan mafias de traficantes, en uno de los negocios ilícitos más rentables en el presente.

Se estima que esta actividad criminal en las principales rutas de trasiego genera ganancias anuales de alrededor de 6 750 millones de dólares.

Según datos de ONU, alrededor de 25 mil personas, entre rohingyas y bangladesíes se embarcaron ilegalmente desde octubre pasado en dirección a Tailandia, contemplado como el tránsito para llegar después a Malasia, un país con una relativa mejor economía en el área.

Acorde con información obtenida de rohingyas y bangladesíes, para abordar embarcaciones se necesita pagar de 90 a 370 dólares y una vez en Tailandia y Malasia, otros dos mil dólares para poder abandonar campamentos clandestinos de retención en los que muchos mueren.

Si este conocido flujo migratorio cobró centralidad pública fue porque en Tailandia, que alberga unos 100 mil refugiados de esa procedencia, y desde hace años bajo la mirilla de agencias de la ONU por tráfico humano, se descubrieron fosas de cadáveres en sitios ocultos en las fronteras, donde se retenían a aspirantes a cruzar a Malasia.

Ante esta evidencia y bajo presión internacional las autoridades golpistas, en permanente búsqueda de legitimidad, arremetieron contra las bandas de traficantes, con el arresto de decenas de sospechosos, entre los que figuran un número de policías, confirmando el alcance y las complicidades en estas redes criminales.

Después se hallaron del lado malasio muchas más sepulturas que contenían por lo menos 189 cuerpos e investigaciones llevadas a cabo dieron con nacionales implicados, entre ellos también algunos policías.

Es en estas circunstancias de brusco recorte de acceso al transitable Tailandia cuando los navíos de migrantes abandonados en el mar, ante el temor de ser apresados y expatriados se dirigieron a islas adyacentes, a Indonesia y directamente a Malasia.

En Indonesia reciben alimentos y agua para que puedan seguir viaje al pairo y se les rechaza en Malasia en una compartida posición triangular de rechazo.

De hecho estalla un escándalo de carácter humanitario que los tres países referidos remedian al acordar conceder refugio temporal por un año a los depauperados itinerantes, algunos tras dos meses de travesía, e inclusive se comprometen en ir al rescate de otras embarcaciones a la deriva.

En torno a esas líneas de actuación giró la conferencia del 29 de mayo en Bangkok, por iniciativa de su gobierno, y en la que participaron 17 Estados asiáticos, Estados Unidos, Japón y Suiza como observadores y las tres agencias de Naciones Unidas dedicadas a refugiados (Acnur), migración (OIM) y droga y criminalidad (Undoc).

Si bien la declaración final adoptada en solo un día de reunión plasma las intenciones de acogida temporal y salvamento de migrantes en peligro, a su vez carece de una perspectiva cierta de lo que ocurrirá con ellos un año más tarde, como tampoco perfila una clara estrategia para combatir a los traficantes.

En las conclusiones se alude indirectamente a la pobreza y la violencia, al pronunciarse por garantizar en las áreas de de origen de migraciones condiciones de acceso a los servicios de salud y educación y protección de los derechos humanos.

Myanmar y Bangladesh adscribieron el compromiso conjunto de resolver las causas raigales de la actual crisis migratoria en lo tocante al impulso al desarrollo económico, una mayor atención a los grupos vulnerables, en particular mujeres y niños, y la cooperación para impulsar la lucha contra la trata de personas.

Sin embargo, la conferencia le pasó de costado al fundamental problema de los rohingyas, una población calculada en casi un millón, concentrada en el Estado Rakhine de la antigua Birmania, y otros 300 mil en distritos costeros sur fronterizos con Bangladesh.

Myanmar no les reconoce oficialmente ciudadanía y los derechos derivados, esgrimiendo una ley de 1982 que exige probar que esta población está asentada allí desde antes de la guerra anglobirmana de 1823 para obtener nacionalidad, lo que resulta difícil de probar a quienes la reclaman.

La ONU reconoce a los rohingyas como una de las minorías más perseguidas en el mundo, sobre todo después de los enfrentamientos en 2012 entre comunidades y extremistas budistas que se saldaron con 200 muertos, en una fecha que marcó el inicio de la hasta ahora indetenible ola de éxodo ilegal hacia Tailandia.

Atrapados entonces en un país de mayoría budista que oficialmente los considera inmigrantes bangladesíes intrusos y otro de endémica pobreza, hacia donde se les amenaza con expulsar, a los rohingyas les queda siempre la latente opción de aventurarse a ir más lejos, aún presas de inescrupulosos traficantes.

Parece improbable o al menos dudoso evitar que estalle otra crisis migratoria en el Sudeste Asiático dando de lado a una de sus causas raigales y sin una firme voluntad de concertación regional e internacional.

El tiempo dirá si la conferencia de Bangkok ha sido un punto de partida para encarar el trágico problema o si la Asean continuará reiterando en las cumbres que el tráfico humano forma parte de sus principales desafíos no tradicionales.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Vietnam y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s